I ASTILLEROS
DE LA MEMORIA
La soldadura del ataúd
es mi dosis de eternidad.
Hacia
el mar
navegaremos por el río
Seremos
barcazas
y
botes.
Sobre
el puente,
Andrés y sus muletas
nos verán pasar
naufragando.
Abrigo y bandera
flamean en las calles.
Es Panduro,
el loco del pueblo.
El primero con prisa
por bailar a Pandora.
Gabriel corre en los patines.
Por la vereda vuela.
Vuela sobre nuestros pechos
cruzados en la calle.
Nosotros vemos las nubes,
el cielo
y a Él.
Cerro Manantiales
es un motor de aluminio.
Tierra del Fuego
el barco que espera.
Fuerte Bulnes
el cuartel de fantasmas.
La isla Dawson
una alambrada final.
Mi casa
se niega al olvido.
Mi padre en la maestranza
Mañana será domingo.
Iremos al odeón
a escuchar la banda.
Nos sacaremos una foto
donde estaremos
los dos tristes.
II LA NIEVE
Sólo la nieve
sabe que mi paso es vacilante
y pretende consumir mi aliento.
Permanezco de pie
como los árboles,
atento a su traición.
La nieve.
La primera nacida del silencio.
La iglesia desprendida de la noche.
La móvil muda.
En casa aún están dormidos
y la nieve tararea con voces confidentes.
Soy el cordero
con los ojos del mar perplejo
pisando las huellas de ciegos piños
que caen al blanco abismo.
En los aleros cuelga el agua escarchada,
como ropa recién lavada
los candelabros de manos frías.
Encallan los óxidos del buque
y capota la tela del avión.
Sobre ambos,
los copos de nieve
cubren todas las distancias.
Con los brazos en cruz
me hundo en la nieve.
Por el vapor de mi aliento
porque no estaré muerto
me encontrarán mis hermanas.
En
el espejo del témpano rechinan los dientes
y
en las aguas azules reverberan los fríos.
Den las alturas sus hielos y su mejor abrazo:
mis
copos de nieve
y el beso
al hijo de pie, en el espejo.
La abuela Auristela;
la mama Tela.
Su madre Antonia;
la abuela mayor.
Las hermanas;
Edith, Zenita y Susana.
Su hija;
el hada madrina Marina.
Y tu madre Isidora:
la Nona.
Fueron las madres,
Madre Raquel
y la nieve.
Mi hermana menor y silenciosa
tiene sonrisa provisoria
y sobre el pecho su medalla roja.
Se va.
Regresará en un par de meses
con inventario nuevo
y sobre el pecho
veinte puntos suspensivos.
Limpia de temores.
Está mi cordero a la esquila
con el mejor de los vellones.
Su lana ha quedado en el fardo
y mi traición en los puños.
Estamos los dos desnudos.
Nona untará sus dedos en saliva
y me sobará la nariz
para que me crezca
como a los niños bien.
En la cama de fierro blanco
sus manos nacieron bajo las sábanas
como blancas arañas de caverna.
Y ese maldito olor de hospital
me rebanó las narices
cortando gruesos jarabes.
Hay sangre en mi nariz
y sobre mi frente
mi abuela ha dejado fría
la llave inmensa del reloj.
Tic – Tac.
III NIÑOS DE INVIERNO
Mi bicicleta
látigo de rayos
cruza por el trigal.
…
¿Dónde podrá estar el tesoro
y el secreto refugio del corsario?
Si el corsario
quemó al cura en el cerro La Cruz,
¿por qué no puedo romper
los cuarenta
vidrios de la escuela?
Baila vigilante
el tintineo de la campana.
Y no podré fluir
como brisa invisible
para preguntar por los que dejaron sus
pieles olvidadas.
¿Acaso no me hermano
con el perro ovejero
cuando reúno las hojas del álamo
con dientes de hierro?
Persigo a Pituca
la gata
y salto
del techo
hasta el huerto.
No estoy muerto.
¿Qué significa morir?
Cerrar los ojos
que lloren los otros
y seguir jugando.
“Voy tras los cuatreros
sobre el volcán, miedo jamás"
Mi abuelo y un tarro al fuego
derrite la grasa y la soda
Así se hace el jabón.
Un olor ácido en el patio.
Las sombras frías de los álamos,
que eran cuatro.
Y el humo cruzando el gallinero.
Al fondo del pozo de agua
donde no quiero caer,
la caja músical
y el reloj de tío Miguel
sonríen a las hojas del álamo.
No contarán mi secreto.
Ronca el insecto
con su par de paraguas.
El aire se queda
cabellos al viento.
El vértigo me lleva.
Bicicleta y cimarra:
me salvan la vida.
los negros potros.
Blanco el invierno.
El camino está solo
y encanecidos los troncos.
Allí permanecen mis pasos
y el humo.
No hubo polvo en las mañanas
ni voces en el patio.
Sólo la angustia de la gata
frente a los gorriones juguetones.
I ASTILLEROS DE LA MEMORIA La soldadura del ataúd es mi dosis de eternidad.