De la tierra del fuego vino.
Vino encendido. Vino flamante.
Fue sangrado en calafates.
Partido en pura nieve.
Bañado de escarchas, diluido.
Todavía amoratan las bayas
en sus dedos ruborosos.
Vino en billetes, vino a pesos,
a monedas nuevas asomando.
Sorprendido, desnevado
y absoluto vino.
Bienventurado
es el día que su madre implanta
y resucita amoratado.
Vino abandonante
como náufrago aterrado
que se mira separado de sí mismo
dividido, a trozos repartidos
y a pedazos consumido
desde su casa tan distante.
“Para que te hagas hombre, hijo.”
